Reflexión Gerencial "Fábula: Juan, el carnicero de León"

REFLEXIONES PARA EL GERENTE DE UN TALLER

Reflexiones sobre lo que hay que hacer para no perder su empresa “taller” en unos tiempos de cambios radicales en el automóvil que no tienen vuelta atrás. Prudencia no es inmovilismo. La continuidad no es garantía de éxito. No cambiar es “agarrarse a un clavo ardiendo” que no se suelta por miedo a afrontar otras alternativas. ¡Deje de vivir en el pasado!.

<<La mayor locura del ser humano es querer obtener resultados diferentes, haciendo siempre lo mismo>>. Albert Eistein

La serie de reflexiones que publicaré tendrá como propósito ampliar el campo de visión del empresario en aquellos temas que pueden ser de su interés como: el cambio generacional en los talleres de padres a hijos, el papel de gerente del propietario de un taller, las responsabilidades sociales del empresario, la importancia de la organización del taller, la calidad de servicio, la importancia de tener notoriedad y del marketing, entre otros temas. Todas las reflexiones serán experiencias en el ámbito del asesoramiento a empresas como la suya.

 Primera reflexión.

Comenzaré estas reflexiones con una fábula “Juan, el carnicero de León”.

Esta es la historia de Juan un excelente carnicero de la sierra de León, que servirá para ejemplificar nuestras acciones como empresarios.

Juan lleva 20 años como carnicero en el negocio que inició su padre décadas atrás. Además de disponer de una tienda donde nunca faltaban clientes, muy satisfechos por la calidad del producto y el trato cercano y afable de Juan y de sus dos empleados, disponía de una pequeña finca con ovejas, terneros y cerdos. Realmente era la base de su negocio, criaba, mataba y vendía la mercancía.

El pueblo donde vivía comenzó a crecer con la inmigración de turcos y magrebís cuyo consumo de carne se decantaba hacia el cordero. Juan apreció el incremento de la demanda de este tipo de ganado por lo que, se vio avocado a la crianza de más corderos comprándolos en otras zonas de fuera de León, para poder abastecer a sus clientes que no dejaban de crecer.

Tomó la decisión de comprar más terrenos, edificar corrales y toda la infraestructura ganadera necesaria; se endeudó a corto plazo con algunas entidades financieras del pueblo que ningún problema le pusieron pues quería amortizarla rápido considerando el ritmo de entrada actual de dinero en caja.

La plantilla creció hasta seis empleados y abrió otro centro de trabajo en el otro extremo del pueblo. Los empleados nuevos que contrató no eran como los dos empleados de toda la vida, ya que aunque despachaban con rapidez, no tenían el mismo tacto con el cliente y Juan no tenía tiempo para supervisar y formar a su nuevo equipo.

Con el tiempo se implantaron dos nuevas carnicerías, la competencia. Una de ellas fue de un turco con visión de negocio dirigido a sus conciudadanos y el otro de la comarca de al lado; las entradas y la demanda de carne en las tiendas de Juan fue a la baja perdiendo más de un tercio de la facturación, mientras que los costes seguían creciendo y debían cubrirse las deudas contraídas.

Mientras que el banco fue facilitando dinero para soportar la liquidez que el negocio de Juan necesitaba, aparentemente, todo iba bien, cubría las deudas; pero la “bola de nieve” se hizo más y más grande hasta que el banco “cerró el grifo” y exigió la devolución de la deuda a corto plazo y garantías de las de largo plazo.

Ahora, Juan tenía un grave problema; no podría cerrar una de las tiendas al no disponer de liquidez ni crédito, no podía contratar a ningún asesor externo para que le ayudara por que no tenía dinero, no podía…, se quedó en la parálisis de ¿qué y cómo hacer? Juan se enfrentaba a una situación insostenible que podría ser muy diferente si se hubiera previsto, analizado y actuado con antelación.

Como toda fábula, ésta también tiene su moraleja ¡Aplíquesela a su empresa-taller!: Tomar decisiones empresariales es responsabilidad única del gerente/propietario del taller y en ocasiones, es de valientes, no de cobardes pedir ayuda externa, pues más allá del orgullo profesional mal entendido -yo ya sé lo que tengo que hacer- está lo más importante para un empresario “SU EMPRESA”.